jueves, 23 de abril de 2026

Los “Crisolines” de la Editorial Aguilar.


Con motivo del Día del Libro, la Sección de Fondo Antiguo expone en las vitrinas de acceso a la Biblioteca General María Moliner del Campus de Espinardo, algunos de los ejemplares de la colección de “Crisolines” de la Editorial Aguilar que conserva la Biblioteca Universitaria. Estos pequeños volúmenes “joya” son muy valorados por los coleccionistas bibliófilos y parte de la memoria de muchas familias que mantuvieron la tradición de su adquisición cada Navidad.


Aguilar.

La Editorial Aguilar, creada en 1923 en Madrid por Manuel Aguilar Muñoz, ha sido una de las más relevantes editoriales españolas desde su fundación. En ella trabajaron destacados intelectuales como Federico Carlos Sainz de Robles y Arturo del Hoyo, Julio Gómez de la Serna, Luis Astrana Marín, José María de Cossío, Blanca de los Ríos y otros muchos.

Entre las obras publicadas por Aguilar, siempre en una cuidada encuadernación de cuero, con un característico papel biblia (el mismo papel que el papel de fumar fabricado en Alcoy) y el anagrama editorial de una lamparilla de aceite con el lema Tolle, lege, destacan las ediciones de Obras completas de Federico García Lorca (1955), con prólogo de Jorge Guillén; la de Obras selectas de Miguel Hernández -la censura impidió que fueran completas- (1952), en la que intervino Vicente Aleixandre; las de Obras completas de Benito Pérez Galdós, de Tirso de Molina, de Azorín, de Baltasar Gracián y de muchos otros.


Los “Crisolines” de la Editorial Aguilar.


Desde 1928 publicó importantes colecciones como Obras Eternas, la Biblioteca de Autores Modernos, la Colección Joya o la Biblioteca de Premios Nobel. En 1943 diseñó y creó la Colección Crisol, cuidada edición de bolsillo con encuadernación en piel, y, ya en 1946, comenzó la serie Crisol Serie Extra, “Crisolín”, tomitos de 8 por 6,5 cm que actualmente es muy apreciada por los bibliófilos.

En 1968 murió Aguilar, pero su editorial prosiguió su andadura, primero de la mano del Grupo Santillana y, desde 2014, en Penguin Random House Grupo Editorial.



“Crisolines”.

La colección de los “Crisolines” comenzó su publicación como obsequio navideño para felicitar las fiestas a clientes, libreros, colaboradores y amigos. Se llamó Colección Crisol “Serie Extra”, aunque se conoce como «Crisolín», ya que así la apodaron los coleccionistas, debido su pequeño tamaño (8 x 6,5 cm). Así se anunció hasta 1965, fecha en la que se dejó de reeditar Crisol. Posteriormente, en 1967, tras el relanzamiento de esta última, bajo el nombre de Crisol Literario, y durante el periodo que duró dicha publicación, apareció en los catálogos como Volumen Extra de la Colección Crisol Literario. A partir de 1972, en la contraportada de los volúmenes podemos leer “Colección Crisol. Serie Especial”.


Los “Crisolines” de la Editorial Aguilar.


El éxito fue tan rotundo, que a los pocos días la editorial agotó los 15.000 ejemplares impresos (según la nota preliminar del número 00). A este número le siguió el 00 (doble cero), que, con el título de “El alma de Cervantes”, de Agustín Herrera García, conmemoraba el cuarto natalicio del autor. Y así, año tras año la lista fue ampliándose con pequeñas joyas de la literatura iberoamericana, cuidadosamente seleccionadas.


Los “Crisolines” de la Editorial Aguilar.


Aunque la idea inicial consistió en editar un volumen por navidades, a veces su publicación se vio ampliada a dos números por año. En 1951, se anunciaron simultáneamente La ruta de Don Quijote (nº 04) y La leyenda del librero asesino de Barcelona (nº 05), edición bilingüe como homenaje a los lectores y libreros de Cataluña. En 1957, además del Crisolín de Unamuno (nº 011), con la edición bilingüe de los Cantares Gallegos de Rosalía de Castro, se decidió homenajear a los lectores y libreros de Galicia. Lo mismo ocurrió en 1961 y 1963, que junto con Benavente (nº 017) y Pereda (nº 019) aparecieron los de Sainz de Robles (nº 016) y Chamizo (nº 020), destinados a los clientes y amigos de Madrid y Extremadura respectivamente. En 1966, año en que se publicaron los Sainetes de Arniches (nº 023), también apareció el Crisolín de Rubén Darío (nº 024) con motivo del primer centenario del nacimiento del autor.

La colección de “Crisolines” formaron parte de los libros más pequeñitos de la historia editorial de España. Han sido tradicionalmente codiciados por aquellos coleccionistas de libros curiosos y bibliófilos. Su adquisición se trataba de una tradición forjada durante décadas, que ha pasado de padres a hijos, a hermanos, a nietos o de suegros a nueras y era un ritual para muchos el ir a comprar cada Navidad —para regalar o autorregalarse— el título que año a año iba completando la colección y cuya cotización se ha disparado actualmente en librerías de viejo.






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